
Ciudad de México, 1985. Cuatro canciones, diecisiete minutos: el disco que hoy se considera el fundador del metal mexicano.
Antes, el rock en México vive escondido: desde Avándaro, en 1971, ni radio, ni televisión, ni disqueras grandes. Se toca en los hoyos fonqui: patios, bodegas, cines en ruinas, con redadas de la policía.
En 1983 Raúl Fernández, Greñas, vuelve de Inglaterra. Trae el sonido de Iron Maiden y Judas Priest y una condición: nada de covers. Tres músicos se van. Quedan él y el bajista Antonio Morante. Entran Sergio López en la batería y, en la voz, Arturo Huizar.
Y ahí empieza lo raro. Comrock, un sello chico que distribuye Warner, escucha el demo. Y firma a una banda de metal cuando ninguna grande se atrevía. Produce David Guerrero.
Graban dos videos. Ninguna televisora los pasa. Ninguna radio los suena. En provincia los tachan de satánicos. Y aun así, según la revista Nexos, en los toquines de la periferia Luzbel llegó a estar por encima de El Tri.
Cuatro canciones: El ángel de la lujuria, El loco, Esta noche es nuestra y La gran ciudad. Diecisiete minutos. Se llama Metal caído del cielo.
En 1986 sale Pasaporte al infierno. Y después Huizar ya no está: el bajista dice que por indisciplina; otros, que por la garganta. Vuelven a juntarse en 1994, se pelean por el nombre y Huizar termina cantando con uve: Lvzbel. Muere en 2020.
El disco no. Cuarenta años después lo siguen reeditando en Colombia, Perú y Estados Unidos.
Cuatro canciones. El metal mexicano empezó ahí.







