
Durante casi diez años, el metal en México se conseguía un día a la semana, en una sola calle. Empezó el cuatro de octubre de 1980.
En 1980 los grupos no graban y las disqueras no los atienden. Luzbel aún no existe. Los vinilos importados llegan a cuentagotas.
Ese sábado el Museo Universitario del Chopo, de la UNAM, abre un tianguis de la música. Lo convocan su directora, Ángeles Mastretta, y el promotor Jorge Pantoja: coleccionistas y disqueras independientes, a hacer trueque. Iba a durar un mes.
Duró dos años adentro. En diciembre de 1982 cambia la dirección del museo y los sacan a la banqueta de la calle Enrique González Martínez, la antigua calle del Chopo. De ahí el nombre.
Y ahí empieza lo raro. Sin puertas, llegan punks y metaleros de la periferia. Lo que ninguna tienda vendía se copiaba en casete de un sábado a otro: importados, piratas, fanzines. Un vendedor lo resume: la piratería nació en el Chopo, sin querer.
En 1985 la delegación Cuauhtémoc los desaloja; el pretexto, según un estudio de la UAM, fue un concierto que cerró la calle. Tres años de sedes prestadas: San Rafael, el Kiosco Morisco y la calle Oyamel, donde una pandilla los ataca. En 1988 llegan a la calle Aldama, junto a la vieja estación de Buenavista.
De ahí salió esto: en 1987 tres hermanos de Ecatepec, los Partida, graban un casete: Transmetal. En 1988 Avanzada Metálica edita Muerto en la cruz, en vinilo y casete. Hoy la banda tiene puesto propio en el Chopo.
Sigue ahí, cada sábado. Un trueque que iba a durar un mes.







