
Once de octubre de 1994. Sale un disco de metal donde no hay un solo de guitarra. No pasó en Los Ángeles: pasó en Bakersfield, un pueblo de California entre campos y pozos de petróleo.
Tres años antes, en Seattle, Soundgarden saca Badmotorfinger. Bajan la afinación de las cuerdas y suenan sucios, pesados, sin lucimiento. Faith No More y Rage Against the Machine ya habían mezclado metal con hip hop y funk. Faltaba quien juntara todo en un solo disco.
En Bakersfield, tres músicos de una banda disuelta buscan cantante. Lo encuentran en un club: un muchacho de veintidós años que de día trabaja en la morgue del condado.
Y ahí empieza lo raro. El muchacho duda. Consulta a una vidente, que le dice que se vaya de Bakersfield. Se va, y se lleva una canción de su banda anterior: Blind.
Mayo de 1994. Graban en un rancho de Malibú con Ross Robinson, un productor casi desconocido. Catorce mil dólares, la banda tocando junta, en vivo, casi sin retoques. Guitarras de siete cuerdas afinadas hasta abajo. El bajo no se puntea: se golpea, como un tambor.
Y el cantante no habla de dragones: habla de lo que le pasó a él, y la voz se le va del susurro al grito.
El disco entra apenas al número setenta y dos. Da igual: sigue vendiendo años, más de dos millones de copias. Detrás llegan Deftones, Limp Bizkit, Slipknot y Linkin Park.
Del grunge pesado y el metal con funk sale el nu metal. El metal dejó de mirar dragones y se miró a sí mismo.







