
El metal sinfónico no empieza con una orquesta. Empieza con una llamada: una banda se separa.
En 1995, Therion, banda sueca de death metal, vende doce mil copias de su disco y no le alcanza. Christofer Johnsson, el guitarrista, llama al dueño de Nuclear Blast, Markus Staiger, para avisarle que se acabó.
Pistas ya había. En 1987, Celtic Frost metió violines y voces de mujer en un disco de metal extremo. Paradise Lost y Type O Negative le pusieron teclados y solemnidad. Pero siempre como adorno: encima del metal, no en el centro.
Staiger no acepta: le ofrece estudio con presupuesto abierto, sin saber cuánto cuesta un estudio.
Y ahí empieza lo raro. Johnsson se encierra en el estudio Impuls de Hamburgo, de enero a marzo de 1996. Contrata once cantantes clásicos: seis del Coro de la Radio del Norte de Alemania, cinco del Siren Choir.
La orquesta, en cambio, era mentira. Eran teclados y muestras bautizados en broma Orquesta Sinfónica de Barmbek, por la estación del metro vecina. La cuenta llegó a cincuenta y ocho mil marcos; el contrato decía veinte mil.
Y entonces hace lo que nadie había hecho: quita al cantante y pone al coro en su lugar. El coro no acompaña: el coro canta el disco.
Se llamó Theli, salió en agosto de 1996 y en un mes vendió el doble que el anterior. Un año después, en Finlandia, Nightwish grabó su primer disco con una soprano. Detrás llegaron Within Temptation y Epica.
Del death metal y la música coral sale el metal sinfónico. El metal aprendió a cantar en coro.







