
El heavy metal tiene fecha de nacimiento: viernes trece de febrero de 1970. No nació en Londres. Nació en Birmingham, ciudad de fábricas.
En 1969 el rock ya era pesado: Cream, Hendrix, Blue Cheer, Led Zeppelin. Blues eléctrico a todo volumen, pero con ganas de fiesta.
En Aston, un barrio obrero, cuatro muchachos ensayan con el nombre de Earth. Tony Iommi, el guitarrista, perdió las puntas de dos dedos en una fábrica de láminas y toca con yemas de plástico hechas con una botella de detergente. Usa cuerdas de banjo y acordes de dos notas: la guitarra suena más gorda, más oscura.
Frente al local hay un cine. Un día ven la fila para una película de terror llamada Black Sabbath. Geezer Butler, el bajista, piensa: la gente paga por asustarse. ¿Y si hacemos música que dé miedo?
Y ahí empieza lo raro. Geezer toca en el bajo un pedazo de Marte, de Holst. Al día siguiente Iommi llega con un riff de tres notas y un tritono, el intervalo del diablo. Lento, pesado, sin blues. La canción se llama Black Sabbath. La banda también.
En otoño de 1969 entran a Regent Sound, en Londres, con el productor Rodger Bain. Graban todo el disco en un solo día, unas doce horas, en vivo. Abre con lluvia, truenos y una campana de iglesia. Y entonces entra el riff.
Sale un viernes trece. La crítica lo destroza: Rolling Stone dice que suena como Cream, pero peor. El público lo mete al top diez británico.
Del hard rock de blues sale el heavy metal. Una ciudad gris inventó un sonido.







