
Cuenta las sílabas de la primera estrofa de Lateralus. Uno. Uno. Dos. Tres. Cinco. Ocho. Y de regreso: cinco, tres. Es la secuencia de Fibonacci, cantada.
Tool, 2001. Justin Chancellor llega con un riff en compases de nueve, ocho y siete tiempos. Danny Carey se da cuenta de algo: 987 es un número de Fibonacci. La canción se llamó 987 antes de llamarse Lateralus.
Encima de esa forma, Maynard James Keenan escribe la letra. Negro, luego blanco. Rojo y amarillo. Dice que son los colores que se repiten en los relatos de creación de los pueblos originarios de Norteamérica. Alguien que apenas está aprendiendo a ver.
Y ahí empieza lo raro. La segunda estrofa arranca en trece y va bajando. Falta un verso en medio. Ese verso aparece más adelante y completa la secuencia.
Pero la letra no habla de matemáticas. En medio de la canción hay un verso que lo dice sin rodeos. Pensar de más y analizar de más separa el cuerpo de la mente.
La canción más diseccionada del metal te está pidiendo que dejes de diseccionar. Que no pienses en línea recta. Que te columpies en la espiral. Cuando a Justin Chancellor le preguntaron por lo que los fans encuentran ahí, dijo que la belleza de no entenderlo es dejarlo vivo.
Y Maynard, años después, dijo que meter esos números fue un movimiento de principiante. Casi un chiste.
El disco entró directo en el número uno y Loudwire terminó nombrando a Lateralus la mejor canción de metal del siglo veintiuno.







