
La canción más famosa del metal en español estuvo a punto de perderse en un contestador automático.
Madrid, 1999. Mägo de Oz lleva meses encerrado grabando Finisterra, un disco doble, largo, complicado, lleno de flautas y violín.
El disco ya está terminado. Txus, el baterista, es el que compone y el que escribe las letras. Y al escuchar todo junto siente que falta algo: una canción directa, cruda, de las que la gente canta a la primera.
Sale de una tienda de discos en la Gran Vía. En la calle ve un cartel que anuncia las fiestas del solsticio de verano. Ahí, caminando, se le arma la melodía completa en la cabeza.
Y ahí empieza lo raro. Txus siempre carga una grabadora encima. Ese día, no.
Así que hace lo único que se le ocurre: busca un teléfono, marca a su propia casa, espera a que salte el contestador automático y se pone a silbarle la melodía a la máquina. Cuelga. La canción queda grabada en la cinta de su propio recado.
Esa melodía silbada se convirtió en Fiesta pagana, la primera canción del segundo disco de Finisterra.
Salió como sencillo en noviembre de 2000, llegó al número trece en España y empujó el disco a disco de platino en tres meses. Dejó de sonar solo en las radios de rock: se metió en todas.
Hoy pasa de trescientos millones de reproducciones en su canal oficial.
Un cartel de fiestas, un silbido y un contestador automático.







