
Lemmy tocó su última canción diecisiete días antes de morir. Nadie en esa sala lo sabía. Él tampoco.
Berlín, 11 de diciembre de 2015. Motörhead cierra la gira de sus cuarenta años en una arena llena.
Ese verano habían sacado Bad Magic, el último disco que grabaron con él. Lemmy tiene setenta años. Lleva meses cancelando conciertos, sale a tocar con tanque de oxígeno detrás del escenario y aguanta sets más cortos de los que aguantaba antes. Sigue subiendo.
Esa noche tocan dieciséis canciones. Abren con Bomber. Pasan por Stay Clean, por Over the Top. El set principal cierra donde siempre cierra: con Ace of Spades.
Y ahí empieza lo raro. Vuelven para el bis y lo primero que hacen es sentarse a tocar Whorehouse Blues, acústica, los tres, con las presentaciones de la banda encima.
Después de eso queda una sola canción.
Eligen Overkill. La del doble bombo. La que en 1979 inventó la manera en que Motörhead se despedía: el tema termina, vuelve a arrancar, termina otra vez, y vuelve a arrancar. Un final que se niega a ser final, tres veces seguidas.
Fue lo último que Motörhead tocó en un escenario.
El 26 de diciembre le diagnostican un cáncer muy agresivo. Muere el 28, dos días después, a los setenta años.
Diecisiete días antes se había despedido con la única canción de su repertorio que no sabe terminarse.







