
Lemmy Kilmister nunca había tocado un bajo hasta la noche en que se colgó uno prestado. Era un Rickenbacker. Y con esa marca armó el sonido de Motörhead.
Londres, agosto de 1971. Lemmy entra a Hawkwind para tocar la guitarra. Pero el día de un concierto en Notting Hill el bajista no llega y deja su bajo en la camioneta. Lemmy se lo cuelga y sale.
¿Por qué Rickenbacker? Él lo explicó: por la forma. Si se ve bien, las pastillas se cambian. Al primero le puso una de Gibson Thunderbird, y según él sonaba como un buldócer.
Y ahí empieza lo raro. Lemmy toca el bajo como guitarra rítmica. Con púa, con acordes de dos notas, dejando sonar las cuerdas al aire. Decía que era como tocar la guitarra sin las dos cuerdas de arriba.
Desde 1976 lo conecta a un Marshall Super Bass de cien watts que bautiza Murder One. Graves en cero, agudos en cero, medios al máximo. Sin pedales. Así suena Bomber, en 1979.
Rickenbacker le hace un modelo firma, el 4004LK: tres pastillas, herrajes dorados y el cuerpo con hojas de roble talladas a mano. Sesenta unidades.
Lemmy murió el 28 de diciembre de 2015. En 2024 uno de sus Rickenbacker estuvo en una vitrina en París. Y el 2 de octubre de 2026 un museo de Las Vegas abre una sala donde cualquiera puede colgárselo y conectarlo a su Marshall.
Empezó con un bajo que alguien dejó en una camioneta. Termina igual: esperando a que otro se lo cuelgue.







