
El nombre de un género entero salió del título de un disco que vendió pocas copias. Estocolmo, junio de 1986.
Lo lento ya existía. En 1970 Black Sabbath lo inventó, pero nadie le puso nombre. En los primeros ochenta lo siguieron Witchfinder General, Pentagram, Saint Vitus y Trouble: riffs lentos, graves, solemnes.
En 1986 el metal corría. Era el año del thrash: más rápido, más agresivo. En Upplands Väsby, un suburbio de Estocolmo, Leif Edling iba al revés. Venía de una banda llamada Nemesis y armó Candlemass para tocar despacio a propósito.
En febrero entran a Thunderload Studios, en Estocolmo, con el productor Ragne Wahlquist. Hacía un frío helado. No tenían cantante fijo: llamaron a un invitado, Johan Längquist, que grabó todas las voces y se fue. No era de la banda.
Y ahí empieza lo raro. El baterista, Matz Ekström, propone un título en latín de cocina: Epicus Doomicus Metallicus. Epic doom metal. A Edling le pareció horrible, pero no había nada mejor.
Sale el diez de junio de 1986 en Black Dragon, un sello francés chiquito. Vende mal. Las críticas lo destrozan. El sello los suelta ese mismo año.
Y el título se quedó. De esa portada salió la palabra con la que hoy se llama todo un género: doom.
Lento contra la carrera de velocidad, voces operísticas en vez de gritos.
Längquist volvió a la banda en 2018, treinta y dos años después.
De Black Sabbath sale el doom metal. Un disco que fracasó bautizó un género.







