
Una noche de 1996 el logo de Rammstein se incendió, se desprendió del techo y cayó encendido sobre las primeras filas del público. La banda siguió tocando.
Berlín, septiembre de 1996. Rammstein tiene un solo disco, Herzeleid, y ya es famosa por una cosa: el fuego. Till Lindemann canta con las mangas ardiendo, el escenario explota, todo lo enciende la propia banda, a mano, sin nadie que sepa de verdad cómo se hace.
Esa noche celebran un concierto con nombre de broma: Cien años de Rammstein. Catorce canciones en la Arena de Berlín.
Van por Heirate mich cuando arriba, en la escenografía, algo sale mal. El logo de la banda, cargado de pirotecnia, se prende entero. Y ahí empieza lo raro. No se apaga: se desprende.
Cae ardiendo sobre el foso, sobre las primeras filas.
Varias personas resultan heridas. Un joven de veinticuatro años pasa varios días en el hospital.
Y en el escenario nadie para. El equipo técnico se lanza sobre las llamas con extintores mientras la banda sigue tocando la canción hasta el final. Terminan el concierto completo.
Al día siguiente Rammstein decide una cosa que define todo lo que vino después. Nunca más el fuego lo maneja la banda. Contratan a una empresa profesional de pirotecnia, la misma con la que trabajan hoy. Suman bomberos y paramédicos a cada gira. Y Lindemann hace lo que nadie esperaba: estudia y saca la licencia oficial de pirotécnico.
Hoy Rammstein tiene el espectáculo de fuego más grande del rock. Nació de la noche en que su propio logo se les cayó encima.







