
El 8 de agosto de 1992, dos de las bandas más grandes del mundo tocaron la misma noche en Montreal. Ninguna terminó su concierto.
Estadio Olímpico, techo cerrado, cincuenta y tres mil personas. Metallica abre la noche. A media presentación, durante “Fade to Black”, James Hetfield camina a un punto del escenario donde no debía estar. Nadie le avisó que ahí había un efecto de pirotecnia, y se enciende justo debajo de él. Hetfield termina con quemaduras en el brazo y la mano, y lo sacan al hospital. Kirk Hammett, Lars Ulrich y Jason Newsted salen a decirle al público que Metallica no puede seguir.
Y ahí empieza lo raro. Faltaba la otra mitad del cartel. Guns N’ Roses debía salir enseguida y tardó dos horas y cuarto. Con ese retraso no hubo tiempo de afinar los monitores, y Axl Rose arrastraba un problema de voz desde julio. A las nueve canciones la banda decide parar. Rose avisa que van a devolver el dinero, tira el micrófono y se va.
Unas dos mil personas destrozan el estadio: puestos saqueados, patrullas volteadas, fuego. Al menos doce detenidos y cientos de miles de dólares en daños.
Hetfield volvió diecisiete días después, el 25 de agosto, con el brazo vendado. Cantó todo el concierto y no tocó una sola nota: John Marshall, guitarrista de Metal Church y antiguo técnico de la banda, hizo la rítmica hasta que el brazo sanó.
Nadie planeó nada: fue una cosa detrás de otra. Dos bandas enormes, el mismo escenario, y ninguna llegó al final.







