
El diablo de esta portada es un títere. Y el que mueve los hilos es Eddie. Pero esta pintura no era para este disco.
Londres, 1981. Iron Maiden prepara el sencillo Purgatory. El mánager, Rod Smallwood, llama al ilustrador Derek Riggs un viernes por la noche. La quiere el lunes.
Riggs trabaja dos días y dos noches sin dormir. Se inspira en un cómic de Doctor Strange de su infancia: un héroe colgando de hilos. Pinta a Eddie manejando al diablo, y al diablo manejando a otro Eddie. La cara del diablo, en broma, es Salvador Dalí.
Smallwood la ve y decide que es demasiado buena para un sencillo. La guarda para el disco.
Y ahí empieza lo raro. En el estudio, las luces se apagan solas y los equipos fallan. El productor, Martin Birch, choca su coche contra una camioneta llena de monjas. Días después llega la factura del taller: seiscientas sesenta y seis libras. Birch pide pagar seiscientas sesenta y siete.
El disco sale el 22 de marzo de 1982, el primero con Bruce Dickinson en la voz. Y la imprenta se equivoca: el cielo que Riggs pintó negro sale azul. Así se vendió dieciséis años, hasta 1998.
En Estados Unidos, grupos religiosos queman sus discos en público. Uno, por miedo a los vapores, los destroza a martillazos. Afuera de un concierto plantan una cruz de siete metros.
Steve Harris responde: no leyeron las letras. Quisieron creer esa basura de que somos satanistas.
El disco llega al número uno en Reino Unido. Y la portada del títere sigue preguntando quién mueve a quién.







