
Cliff Burton ganó una partida de cartas. Y esa victoria lo mató.
Septiembre de 1986. Metallica está de gira por Suecia. Tienen entre 22 y 24 años y acaban de grabar Master of Puppets, el disco que va a cambiar el metal para siempre.
La noche del 26, después de tocar en Estocolmo, la banda sube al autobús. Hay una litera mejor que las demás: la de Kirk Hammett. Cliff y Kirk sacan una carta cada uno para ver quién la elige. Cliff saca el as de espadas. Kirk se encoge de hombros: “está bien, quédate con mi litera”. Cliff se acuesta ahí. Kirk se va al frente del autobús.
A las siete de la mañana, cerca de un pueblo llamado Dörarp, el autobús empieza a zigzaguear. Se sale del camino y vuelca. Las literas no tienen cinturones. Cliff sale por la ventana. El autobús cae sobre él. Tenía 24 años.
Pero eso no fue lo peor.
El chofer dice que fue una placa de hielo. James Hetfield sale a la carretera a buscarla. No hay hielo. El asfalto está seco. Un fotógrafo local dice que era imposible. Un detective encuentra huellas que parecen las de alguien que se quedó dormido al volante. Nadie es declarado culpable.
Once días después, en el funeral, suena una sola canción de Metallica: Orion. Un instrumental de ocho minutos que Cliff había construido casi solo, con un solo de bajo en el centro. Sin saberlo, había compuesto su propia despedida. Y en el siguiente disco, la banda le dio crédito de compositor a un músico muerto: To Live Is to Die lleva su nombre.
El as de espadas. La carta de la suerte del metal, la de Motörhead. Esa noche fue la carta de la muerte.







