
Esta portada tiene una leyenda: que al hombre del golpe le pagaron diez dólares por puñetazo. Treinta y un golpes reales. Nada de eso pasó.
Texas, 1991. Pantera acaba de romper con el glam y prepara su sexto disco. Quieren una portada vulgar. La banda lo pide así: algo vulgar, como un tipo recibiendo un puñetazo.
Dimebag Darrell hace la maqueta con una fotocopiadora: mueve una foto mientras la luz pasa y la cara sale barrida, deformada. Eso es lo que quieren.
La disquera manda una primera versión: un boxeador con guantes. La banda la rechaza. Sin guantes. Un puño desnudo.
El fotógrafo es Brad Guice. La agencia Ford le manda a última hora a un modelo de pelo largo que viene de Los Ángeles: Sean Cross. Guice dice que era perfecto.
Y ahí empieza lo raro. A Cross no le pegan. Lo empujan. Fuerte, una y otra vez, para que el cuerpo se vea real. El puño es de otro modelo, un modelo de manos. Guice dispara con flash y película de tungsteno a velocidad lenta: por eso la cara se arrastra.
El disco sale el 25 de febrero de 1992. Y la leyenda nace en la propia banda. Vinnie Paul dice que fueron treinta y un golpes a diez dólares cada uno. Rex Brown lo corrige: treinta y dos. Durante años, esa fue la historia oficial.
Hasta que Guice la contó completa: fue una sesión profesional, nadie recibió un golpe, y Sean Cross terminó siendo su amigo. Fue padrino en su boda.
Un puñetazo que nunca existió, en la portada más violenta del metal.







