
El heavy metal existe porque a un chico de 17 años le cortaron dos dedos en su último día de trabajo.
Birmingham, Inglaterra, 1965. Tony Iommi es zurdo, toca la guitarra y trabaja en una fábrica de láminas de metal. Es su último día: al siguiente se va de gira con su banda.
Esa mañana falta el compañero que opera la prensa. Lo ponen a él. La máquina baja y le arranca las yemas del dedo medio y del anular de la mano derecha. La mano con la que pisa las cuerdas. En el hospital le dicen: nunca vas a volver a tocar.
Pasa semanas en casa, decidido a rendirse. Hasta que el capataz de la fábrica lo visita con un disco: Django Reinhardt. Le cuenta que ese guitarrista tocaba con dos dedos, porque un incendio le había quemado la mano. Tony lo escucha y algo cambia.
Pero eso no fue lo peor. No había forma de tocar sin dolor.
Entonces derrite una botella de detergente, la moldea con un cautín en forma de dedales y los forra con cuero de una chaqueta vieja. No siente las cuerdas, así que aprieta más fuerte. No puede doblarlas, así que usa cuerdas de banjo, más delgadas. Y afina la guitarra más grave, hasta tres semitonos abajo, para que cedan.
Ese sonido grave, pesado y oscuro no era una decisión artística. Era el sonido de una mano rota. En 1970, Ozzy escucha uno de esos riffs y dice que suena como “un tipo de hierro caminando”. Geezer Butler escribe la letra esa misma tarde. Así nace Iron Man. Y con él, el género entero.
Le dijeron que nunca volvería a tocar. Inventó el heavy metal con dos dedos de plástico.







